Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros D’Artagnan necesitó algún tiempo para rehacerse de la mala impresión que le produjera este corto diálogo, pero cumple decir que se habÃan evaporado todos sus proyectos de venganza. Aquella mujer ejercÃa en él un poder increÃble: la odiaba y la adoraba a la vez. Nunca imaginara el mozo que en un mismo corazón pudiesen anidarse dos sentimientos tan contrarios, y que, al reunirse, formaran un amor extraño y, en cierta manera, diabólico.
En esto sonó la una, y fue menester separarse.
D’Artagnan, al despedirse de milady, no sintió más que un pesar profundo, el de alejarse de ella, y en el apasionado adiós que recÃprocamente se dirigieron, se citaron de nuevo para la próxima semana.
La pobre Ketty esperaba poder dirigir algunas palabras a D’Artagnan cuando este pasarÃa por su cuarto; pero milady le condujo personalmente a través de la oscuridad y no lo dejó hasta la escalera.
Al dÃa siguiente, por la mañana, el mozo fue a ver a Athos para pedirle consejo, pues en realidad era singularÃsima la aventura en que se enfrascara.
Todo se lo contó D’Artagnan a su amigo, que durante el relato frunció más de una vez el ceño.