Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Ketty, por mucho que se expusiera, con el arrebatado carácter de milady, al entregarle el billete del mozo, se encaminó a la place Royale tan aprisa como se lo consintieron sus piernas; que la mujer, por buena que sea, antes se alegra que se duele de los dolores de una rival.
Lady Clarick abrió el billete con igual apresuramiento que la doncella se lo llevara; mas apenas hubo leído la primera palabra, se puso lívida, y después de estrujar el papel entre sus dedos, se volvió hacia Ketty con los ojos despidiendo rayos, y le preguntó:
—¿Qué es este billete?
—La contestación al de mi señora —respondió la doncella toda temblorosa.
—Es imposible —prorrumpió lady Clarick—, es imposible que un caballero haya escrito este billete a una mujer.
Luego, de improviso y estremeciéndose, añadió como hablando consigo misma:
—¿Sabrá acaso…?
Milady se detuvo; los dientes le rechinaban; su piel había tomado el color de la ceniza, y al hacer un esfuerzo para encaminarse hacia una ventana en busca de aire, le flaquearon las piernas y no pudo sino extender los brazos y caer en un sillón.