Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Di a tu señora que vivo agradecidísimo a sus bondades y que para mí sus deseos son órdenes ineludibles.
Como ve el lector, el mozo no contestó por escrito, y es que temió, de hacerlo, no poder disimular lo suficiente su carácter de letra a ojos tan expertos como los de milady.
A las nueve llegó D’Artagnan a casa de lady Clarick, y lo que vio al entrar le hizo evidente que los criados que aguardaban en la antesala estaban previamente instruidos, pues tan pronto le vieron y aun antes de que él preguntara si milady estaba visible, uno de ellos corrió a anunciarlo.
—Que entre —dijo lady Clarick con voz rápida, pero tan penetrante que D’Artagnan la oyó desde la antesala.
Un lacayo introdujo al gascón.
—No estoy en casa para nadie —dijo milady al introductor—. ¿Habéis oído? Para nadie.
El lacayo salió.
D’Artagnan dirigió una mirada de curiosidad a lady Clarick, y vio que esta estaba pálida y tenía los párpados enrojecidos por las lágrimas o por el insomnio. Para esconderlo habían disminuido el número de las luces, pero no por esto consiguió aquella ocultar las huellas de la fiebre que la devorara durante los dos últimos días.