Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Nuestro gascón se acercó a milady, con su acostumbrada galantería, que hizo un violento esfuerzo por recibirle; en efecto, nunca una fisonomía trastornada desmintió una sonrisa más amable.

—¿Qué tal va esa salud, señora? —le preguntó D’Artagnan.

—Mal, muy mal —respondió milady.

—Entonces peco de indiscreto y me retiro, pues necesitáis reposo —dijo el gascón.

—Al contrario, quedaos, m. D’Artagnan —repuso lady Clarick—, vuestra amable compañía me distraerá.

¡Caramba!, dijo para sí el mozo, esa mujer nunca ha estado conmigo tan melosa.

Milady adoptó el ademán más afectuoso que pudo y dio todo el aliciente que le fue posible a su conversación; lo cual, unido a la brillantez de sus ojos, a los colores de sus mejillas y al carmín de sus labios que le devolviera un nuevo ataque de fiebre, hizo que D’Artagnan se hallara otra vez ante la Circe que ya le envolviera con sus hechizos. En el corazón del mozo volvió a despertarse su amor por lady Clarick, aquel amor que él suponía muerto y que no estaba más que adormecido. Milady sonreía, y por aquella sonrisa conocía D’Artagnan que vendería su alma.

Por un instante, el mozo sintió algo así como un remordimiento.


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