Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Poco a poco, milady fue haciéndose más comunicativa, y preguntó a D’Artagnan si tenÃa amante.
—¡Ay! —respondió el mozo con mogigatez—, ¿tenéis la crueldad de dirigirme tal pregunta a mÃ, que desde que tuve la dicha de veros no respiro ni suspiro más que por vos y para vos?
—Entonces ¿me amáis? —dijo milady, sonriéndose de una manera singular.
—¡Como si vos no lo hubieseis advertido!
—Sà lo he advertido; pero ya sabéis vos que los corazones, cuanto más altivos, más difÃciles son de conquistar.
—No me asustan las dificultades —repuso D’Artagnan—, lo que me asusta son las imposibilidades.
—Para el verdadero amor, nada hay de imposible —dijo milady.
—¿Nada, señora?
—Nada.
¡Diantre!, dijo para sà el mozo, qué cambio de tono; ¿irá a enamorarse de mà la caprichosa, y estará dispuesta a concederme a mà otro zafiro semejante al que ya me ha dado tomándome por Wardes?
D’Artagnan acercó con viveza su asiento al de milady.
—Vamos a ver —profirió esta—, ¿qué harÃais para probarme el amor que ostentáis?
—Cuanto me exigierais.