Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Milady respondió lanzando a su interlocutor una mirada que querÃa decir: ¿nada más que eso? Hablad sin ambages.
Luego, acompañando de palabras explicativas la mirada, repuso con ternura:
—Es muy justo.
—¡Oh! Sois un ángel —exclamó D’Artagnan.
—¿Conque quedamos de acuerdo? —dijo milady.
—Salvo que me concedáis lo que os pido, alma mÃa.
—Pero ¿no os he dicho ya que podéis confiar en mi ternura?
—Como siempre, tengo la vida pendiente de un hilo, no puedo aguardar.
—Silencio, oigo a mi hermano, y no conviene que os encuentre aquà —repuso lady Clarick, tocando la campanilla.
Ketty acudió al llamamiento.
—Salid por aquà —dijo milady a D’Artagnan, empujando una puertecita de escape—, y volved a las once para dar fin a nuestra conversación: Ketty os introducirá en mis habitaciones.
Al oÃr estas palabras, a la pobre doncella le pareció que el suelo se abrÃa bajo sus pies.