Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Como os estaba diciendo, pues —prosiguió el capitán—, debéis de tener necesidad de conservar lo que poseéis, por mucho que sea; pero también debéis de tener necesidad de perfeccionaros en los ejercicios propios de un hidalgo. Hoy escribiré una carta al director de la Academia Real y desde mañana os recibirán en ella sin retribución alguna. No os neguéis a aceptar este pequeño obsequio. Los hidalgos más encumbrados y más ricos lo solicitan y a veces no lo consiguen. Allà aprenderéis a montar, la esgrima y la danza; anudaréis buenas amistades, y de cuando en cuando vendréis a verme para decirme a qué altura os halláis y al mismo tiempo para ver si puedo hacer algo en vuestro provecho.
No obstante ser todavÃa extraño a las costumbres cortesanas, D’Artagnan advirtió la frialdad de aquella acogida; asà es que con sentida voz repuso:
—¡Ah!, señor, ¡ahora veo cuánta falta me hace la carta de recomendación que para vos me habÃa dado mi padre!
—En efecto —replicó Tréville—, me admira que hayáis emprendido un viaje tan largo sin ese obligado viático, único recurso de que podemos echar mano los bearneses.
—Lo tenÃa, señor, y, a Dios gracias, en toda regla, pero me lo robaron pérfidamente —exclamó D’Artagnan.