Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Mas como quiero complacer a vuestro padre —prosiguió Tréville, fijando en su paisano una mirada tan penetrante que no parecÃa sino que con ella se hubiese propuesto leer en lo más recóndito de su corazón—, antiguo compañero mÃo, como ya os he manifestado, haré algo por vos. Los cadetes del Bearn no suelen ser ricos, y me da la impresión que desde que partà de aquella tierra, las cosas han variado poco. De consiguiente, no debe sobraros el dinero que para vivir habéis traÃdo.
D’Artagnan se irguió con altivez significativa de que no pedÃa limosna a nadie.
—Está bien, caballerito, está bien —continuó Tréville—, ya conozco yo esos ademanes. Yo me vine a ParÃs con cuatro doblones en el bolsillo y me habrÃa peleado con quien me hubiese dicho que no me hallaba en estado de comprar el Louvre.
D’Artagnan se irguió más todavÃa, y es que gracias a la venta de su caballo, empezaba su carrera con cuatro doblones más que con los que Tréville empezara la suya.