Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros D’Artagnan no pudo ocultar una sonrisa. Al notarlo, Tréville se dio cuenta que no se las habÃa con un necio. Asà es que yéndose en derechura al grano, dio otro rumbo a la conversación, diciendo:
—Vuestro padre me fue muy caro; ¿qué puedo hacer por su hijo? Daos prisa, tengo los instantes contados.
—Señor —respondió D’Artagnan—, al salir de Tarbes para acá me propuse pediros, en recuerdo de esa amistad que no habéis echado al olvido, un casacón de mosquetero; pero después de lo que he visto de dos horas a esta parte, comprendo que tal favor serÃa inusitado y temo no merecerlo.
—Realmente es un favor, joven —repuso Tréville—; pero quizá no estéis tan distante de merecerlo como creéis o aparentáis creerlo. No obstante, una decisión de su majestad ha previsto el caso; por la misma razón, y por más que me pese el decÃroslo, conviene que sepáis que no se recibe a individuo alguno en el cuerpo de mosqueteros antes de la prueba preliminar de varias campañas, de ciertas acciones hazañosas, o de un servicio de dos años en otro regimiento menos favorecido que el nuestro.
D’Artagnan se inclinó sin contestar, pero sintiendo aún con más vehemencia el deseo de vestir el uniforme de mosquetero desde el punto y hora en que para conseguirlo debÃan vencerse tantas dificultades.