Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Gracias, mi valiente amado; pero ¿no es verdad que así como yo os he probado mi amor, vos también vais a probarme el vuestro?

—También; pero amándome vos como decís —repuso D’Artagnan—, ¿no sentís temores por mí?

—¿Qué puedo temer?

—Que me hieran gravemente o me maten.

—Es imposible —repuso milady—, sois demasiado valiente y, sobre todo, demasiado diestro en el ejercicio de las armas para que eso os suceda.

—¿Conque no preferiríais que echara yo mano de un recurso que a la vez que os dejaría vengada haría excusado el duelo? —preguntó el mozo.

Milady miró en silencio a su amante, que a la mortecina claridad del alba vio encenderse con siniestro brillo las pupilas de aquella.

—Me parece que ahora titubeáis —insinuó lady Clarick.

—No titubeo —repuso el gascón—; pero desde que no le amáis, verdaderamente me mueve a lástima el pobre conde de Wardes; me parece tan cruel su castigo con la pérdida de vuestro amor, que cualquier otra cosa está de más.

—¿Y quién os dice que yo le haya amado? —dijo milady.


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