Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—¿Si tendréis miedo, mi querido D’Artagnan?

—Vos no creéis lo que decís, alma mía —respondió el mozo—; pero ¿y si el pobre conde de Wardes no fuese tan culpable como vos imagináis?

—Sea lo que fuere —respondió con gravedad milady—, me ha engañado, y desde el punto y hora en que me ha engañado, se ha hecho merecedor de la muerte.

—Ya que le condenáis, morirá —dijo D’Artagnan con voz tan firme, que milady la tomó por reflejo de una abnegación a toda prueba y volvió a acercarse a él inmediatamente.

Imposible nos sería decir cuánto duró para lady Clarick aquella noche; pero a D’Artagnan le pareció que apenas hacía dos horas que se hallaba junto a su amante, cuando a través de los resquicios de las celosías penetró en el dormitorio la pálida luz de la aurora.

Entonces milady, al ver que D’Artagnan iba a separarse de ella, le recordó la promesa que él le hiciera de vengarla de Wardes.

—Estoy pronto —dijo el gascón—, pero antes querría estar cierto de una cosa.

—¿Cuál? —preguntó milady.

—Que me amáis.

—Me parece que os he dado la prueba.

—Es cierto, y por eso soy vuestro en cuerpo y alma.


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