Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros De esta suerte trascurrieron unas dos horas, tras las cuales se calmaron los raptos de los dos amantes. Milady, que no tenía las mismas razones que D’Artagnan para olvidar, fue la primera que regresó a la realidad, y preguntó al gascón si las medidas que debían llevar al día siguiente a él y a Warders cara a cara ya se habían trazado en su mente.
Pero D’Artagnan, cuyas ideas tomaron un rumbo muy distinto, se olvidó, como un papanatas, del papel que estaba desempeñando, y respondió bonitamente que era muy tarde para ocuparse en duelos o estocadas.
Tal frialdad por los únicos intereses que la preocupaban asustó a lady Clarick, cuyas preguntas se hicieron más apremiantes.
Entonces D’Artagnan, que nunca pensara formalmente en aquel duelo imposible, intentó encaminar la conversación por otros derroteros, pero su talento no llegaba a tanto. Milady le contuvo en los límites que ella trazara de antemano con su habilidad irresistible y su voluntad inquebrantable.
D’Artagnan creyó pasarse de listo aconsejando a milady que perdonara a Wardes, renunciando a los furibundos proyectos que ella forjara; pero no bien hubo proferido las primeras palabras en este supuesto, cuando su amante se estremeció y se alejó de él, diciéndole al mismo tiempo con voz punzante y burlona que resonó por manera extraña en medio de la oscuridad: