Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Ketty, celosa, enfurecida, lastimada en su orgullo, se lanzó a su vez a aquella puerta; combatida por todas las pasiones que se disputan el corazón de una mujer enamorada, la doncella sentía impulsos de revelarlo todo; pero la refrenó el considerar que desde el instante en que revelara haber secundado aquella maquinación, no habría remedio para ella ni para D’Artagnan. Esta última consideración, sobre todo, la determinó a hacer aquel último sacrificio a su amor.
D’Artagnan, por su parte, veía colmados todos sus deseos; no amaban en él a un rival, sino a él mismo, o por lo menos eso parecía. Bien le decía una voz íntima que él no era más que un instrumento de venganza a quien acariciaban hasta que hubiese cumplido su cometido; pero el orgullo, el amor propio, la locura, acallaban aquella voz, ahogaban aquel murmurio. Además, nuestro gascón, imbuido de la confianza que le conocemos, se comparaba con Wardes y se decía a sí mismo por qué, en resumidas cuentas, milady no le amaría también a él por ser él mismo.
El mozo se entregó, pues, en cuerpo y alma a las sensaciones del momento. Milady no fue ya para él la mujer de intenciones aviesas que por un instante le asustara, sino una amante ardiente y apasionada que se entregaba sin reservas a un amor que ella misma parecía compartir.