Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Por fin desapareció la luz, y con ella se apagó la última irresolución en el pecho de D’Artagnan; el cual, recordando las circunstancias de la primera noche, entró de nuevo en el palacio de milady y se precipitó en el cuarto de Ketty con el corazón alborotado y con la cabeza hecha un volcán.
Ketty, pálida como una difunta y temblando como una azogada, intentó detener a su amante, pero milady, que estaba alerta, al oír el ruido que produjo D’Artagnan al entrar, abrió la puerta de comunicación, y dijo:
—Venid.
La conducta de lady Clarick revestía una impudicia tan increíble, un descaro tan monstruoso, que D’Artagnan apenas acertaba a dar crédito a sus ojos y a sus oídos. Le parecía ser juguete de una intriga fantástica, hija de un sueño más que de la realidad.
Con todo eso y cediendo a la atracción magnética del imán sobre el hierro, el mozo entró disparado en el dormitorio de milady.
La puerta de comunicación se cerró tras ellos.