Los Tres Mosqueteros

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XXXVII

EL SECRETO DE MILADY

Pese a las instancias de la doncella, D’Artagnan, en vez de subir al cuarto de esta, salió del palacio, primero porque de esta manera evitaba reproches y súplicas; luego porque sentía necesidad de leer en su pensamiento, y de ser posible, en el pensamiento de milady.

Lo que el mozo sacó en limpio de sus reflexiones fue que él amaba con locura a lady Clarick, y que esta no le amaba pizca. D’Artagnan comprendió, pues, por un instante, que lo mejor que podía hacer era volverse a su casa y escribir a milady declarándole que él y Wardes, en todo aquel fregado, eran una misma persona, y que por lo tanto él no podía comprometerse a matar al conde so pena de suicidarse. Pero también a él le aguijaba un feroz deseo de venganza; ansiaba poseer a aquella mujer por sí, por ser él quien era, y no bajo un nombre supuesto; y como aquella venganza no le parecía exenta de dulzores, no quería renunciar a ella.

D’Artagnan dio cinco o seis vueltas por la place Royale, volviendo a cada punto la cabeza para mirar la luz que del aposento de milady pasaba a través de las celosías; ahora era evidente que aquella no tenía prisa para entrar en su dormitorio como la vez primera.


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