Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros EL SECRETO DE MILADY
Pese a las instancias de la doncella, D’Artagnan, en vez de subir al cuarto de esta, salió del palacio, primero porque de esta manera evitaba reproches y súplicas; luego porque sentÃa necesidad de leer en su pensamiento, y de ser posible, en el pensamiento de milady.
Lo que el mozo sacó en limpio de sus reflexiones fue que él amaba con locura a lady Clarick, y que esta no le amaba pizca. D’Artagnan comprendió, pues, por un instante, que lo mejor que podÃa hacer era volverse a su casa y escribir a milady declarándole que él y Wardes, en todo aquel fregado, eran una misma persona, y que por lo tanto él no podÃa comprometerse a matar al conde so pena de suicidarse. Pero también a él le aguijaba un feroz deseo de venganza; ansiaba poseer a aquella mujer por sÃ, por ser él quien era, y no bajo un nombre supuesto; y como aquella venganza no le parecÃa exenta de dulzores, no querÃa renunciar a ella.
D’Artagnan dio cinco o seis vueltas por la place Royale, volviendo a cada punto la cabeza para mirar la luz que del aposento de milady pasaba a través de las celosÃas; ahora era evidente que aquella no tenÃa prisa para entrar en su dormitorio como la vez primera.