Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Esto es; pero ¿cómo se explica que vuestra merced conozca a ese hombre? ¡Ah!, como yo le encuentre otra vez, y juro que volveré a encontrarlo, aunque fuese en los infiernos…
—¿Estaba aguardando a una mujer? —prosiguió Tréville.
—Al menos partió después de haber cruzado algunas palabras con aquella a quien aguardaba.
—¿Sabéis vos, por ventura, de qué hablaron?
—Él entregó a la desconocida un cofrecito, diciéndole que en él iban sus instrucciones, y le recomendó que no lo abriese hasta haber llegado a Londres.
—¿Era inglesa la mujer?
—Él la llamaba milady.
—¡Es él! —murmuró Tréville—. ¡Es él! CreÃa que todavÃa estaba en Bruselas.
—¡Oh!, señor —exclamó D’Artagnan—, si sabéis quién es ese hombre y de dónde viene, decÃdmelo, y os libero de todas sus promesas, incluso la de hacerme ingresar en el cuerpo de mosqueteros, porque ante todo quiero vengarme.
—Guardaos mucho de hacerlo —profirió Tréville—; al contrario, si lo veis venir por un lado de la calle, pasad al otro. No choquéis con semejante peñasco, pues os desmenuzarÃa como a un pedazo de vidrio.
—Esto —replicó D’Artagnan— no impide que si alguna vez lo encuentro…