Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Mientras tanto, y si queréis seguir mi consejo, no lo busquéis —repuso Tréville.
De improviso, el capitán de los mosqueteros se calló; acababa de asaltarle una sospecha. ¿El odio profundo que tan ostensiblemente manifestaba el joven viajero por aquel hombre que, lo que no era muy verosÃmil, le habÃa robado la carta de su padre, no ocultaba alguna perfidia? ¿Aquel mancebo no serÃa un enviado de su eminencia? ¿No vendrÃa para tenderle una trampa? ¿Aquel supuesto D’Artagnan no serÃa un emisario del cardenal, emisario a quien pretendÃan introducir en su propia casa para burlar su confianza y más adelante perderle, siguiendo la costumbre establecida? Entonces clavó en D’Artagnan los ojos con más pertinacia que la vez primera, y al contemplar aquella fisonomÃa en que brillaban la astucia y la humildad afectada se tranquilizó un poco. Ya sé que es gascón, dijo para sus adentros Tréville, pero tanto puede serlo para el cardenal como para mÃ. Vamos a ver, probémosle. Y levantando la voz, añadió con lentitud: