Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Siendo, como sois, hijo de mi viejo amigo, pues doy por cierta la historia de la carta perdida, y deseando deshacer la frialdad con que os he acogido, voy a revelaros los secretos de nuestra polÃtica. El rey y el cardenal están a partir un piñón; sus aparentes desavenencias no sirven más que para desorientar a los necios. No pretendo que un paisano mÃo, un gentil caballero, un mozo valiente, nacido para mayores empresas, se deje embaucar por todas estas ficciones, y como un bobalicón caiga en el garlito, como para su perdición han hecho tantos otros. No olvidéis que estoy consagrado en cuerpo y alma a esos dos omnipotentes señores, y que nunca mi conducta tenderá a otro fin que al de servir al rey y al cardenal, uno de los más ilustres genios que Francia ha producido. Que os sirva de pauta lo que acabo de decir, y si vuestra familia, o lo que pudiereis haber oÃdo, o bien vuestro instinto os hubieren imbuido contra el cardenal una de esas enemistades que se manifiestan en los hidalgos, separémonos desde ahora. Os ayudaré en todo cuanto pueda, pero os mantendré apartado de mÃ. Como quiera que sea, espero que mi franqueza captará vuestra amistad; porque vos sois hasta lo presente el único mozo a quien he hablado como lo estoy haciendo. —Si el cardenal me ha soltado ese zorro, dijo Tréville para su capote, sabiendo cuanto le execro no se habrá descuidado de decir a su espÃa que la manera más eficaz de hacerme la corte es decirme pestes de él; por lo tanto, a pesar de mis protestas, el taimado va a contestarme que detesta a su eminencia: como si lo viera.