Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Pero sucedió muy distinto de lo que Tréville esperaba.
—Caballero —profirió con la mayor sencillez D’Artagnan—, acabo de llegar a ParÃs animado de parecidas intenciones. Mi padre me recomendó que no tolerase nada más que del rey, de m. el cardenal y de vos, para él los más ilustres varones de Francia.
El lector habrá advertido que D’Artagnan añadió el nombre de Tréville a los otros dos; pero ya se figurará también que tal añadidura nada debÃa echar a perder.
—Siento, pues —continuó el mozo—, la más profunda veneración por m. el cardenal, y el mayor respeto por sus actos. Mejor para mà si, como decÃs, señor, me habláis con franqueza, pues en este caso me haréis la honra de apreciar esta paridad de gustos. Pero si es que os ha asaltado alguna desconfianza, muy natural por otra parte, conozco que fulmino mi sentencia al deciros la verdad. Mas, ¡qué caramba!, no dejaréis de estimarme, que es lo que ante todo prefiero.
Tréville quedó sorprendido hasta más no poder. Tanta penetración, tanta franqueza, le admiraron, pero no desvanecieron del todo sus dudas, al contrario, para él era tanto más de temer aquel mozo, cuanto más superior se mostraba a su edad. Sin embargo, estrechó la mano a D’Artagnan y le dijo: