Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Sois todo un hombre, pero a la hora de ahora no puedo hacer por vos más que lo que hace poco os he manifestado. Para vos están siempre de par en par las puertas de mi casa. Más adelante, como podéis preguntar por mà siempre y cuando os acomode y, por consiguiente, aprovechar todas las ocasiones, es más que probable que veáis colmados vuestros deseos.
—Como si dijéramos —exclamó D’Artagnan—, que aguardáis a que yo me haya hecho digno de ello. —Y con la familiaridad del gascón, añadió—: Nada temáis, yo os prometo que no os haré esperar mucho tiempo.
Dichas estas palabras, el joven saludó para retirarse, como si desde aquel punto y hora lo demás le atañese únicamente a él.
—¿Adónde vais? Aguardad —repuso Tréville, deteniéndolo—; os he prometido una carta para el director de la Academia y voy a dárosla, a no ser que vuestro orgullo os vede el aceptarla.
—No, señor —contestó D’Artagnan—, y os respondo que con esta no me sucederá como con la otra. La guardaré tan cuidadosamente, que os juro que llegará a su destino, y ¡ay de quien intente quitármela!