Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Esta fanfarronada hizo sonreÃr al capitán de los mosqueteros, quien, dejando a su paisano junto a la ventana donde se hallaban y conversaran los dos, fue a sentarse a una mesa para escribir la prometida carta de recomendación. Entre tanto, D’Artagnan, que no tenÃa otra cosa mejor en que entretenerse, se puso a teclear una marcha sobre los cristales, mientras miraba a los mosqueteros marcharse uno tras otro y les seguÃa con los ojos hasta que desaparecÃan tras la esquina de la calle.
En cuanto hubo escrito la carta, Tréville la cerró, se levantó y se acercó al joven para entregársela; pero en el mismo instante en que D’Artagnan tendÃa la mano para tomarla, aquel vio con extrañeza que su protegido se sobresaltaba y, encendido de cólera el rostro, se salÃa precipitadamente del gabinete y gritando:
—¡Maldita sea! Ahora sà que no se me escapa.
—¿Quién? —preguntó Tréville.
—Él, el que me robó la carta —respondió D’Artagnan—. ¡Ah! ¡Traidor!
—¡Diablo de loco! —murmuró Tréville asà que hubo desaparecido el joven. Y luego añadió—: A menos que eso no sea una manera hábil de escabullirse al ver que ha errado el golpe…