Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Nosotros nos quedaremos atrás —exclamó Porthos.
—SÃ, pero desde una carroza que marcha al galope pronto parte un pistoletazo.
—¡Bah! Errarán el tiro —objetó D’Artagnan—, y entonces nos abalanzaremos a la carroza y exterminaremos a los que vayan dentro. Tantos muertos, tantos enemigos menos.
—Como queráis —dijo Athos.
—Son las cuatro y media —repuso D’Artagnan—, y apenas si nos queda tiempo para llegar a las seis a la carretera de Chaillot.
—Además —exclamó Porthos—, si tardásemos mucho en salir no nos verÃan, y serÃa una lástima. Vamos, pues, señores, a toda prisa.
—Pero ¿y la segunda carta, amigo D’Artagnan? —dijo Athos—. Os olvidáis de ella, y, sin embargo, me parece que el sello indica que merece que la abráis. Yo de mà sé deciros que me interesa mucho más que no el papelito que disimuladamente acabáis de meteros al pecho, sobre el corazón.
—Veamos qué me quiere su eminencia —exclamó D’Artagnan, sonrojándose y abriendo la carta.
Esta decÃa:
A las ocho de la noche de hoy se aguarda en el palacio del cardenal a m. D’Artagnan, guardia del rey en la compañÃa Des Essarts.