Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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LA HOUDINIÈRE

Capitán de los guardias

—Ta, ta —dijo Athos—, más mala espina me da esa cita que no la otra.

—Iré a la segunda al salir de la primera —repuso D’Artagnan—, como una es para las siete y la otra para las ocho, queda tiempo para todo.

—¡Uf! Yo no iría —profirió Aramis—; un caballero galante no puede faltar a una cita dada por una dama; pero un hidalgo prudente puede excusarse de no comparecer en el palacio de su eminencia, sobre todo cuando le asisten razones más o menos fundadas para creer que no le mandan a buscar para mimarlo.

—Opino como Aramis —dijo Porthos.

—Señores —respondió D’Artagnan—, ya en otra ocasión y por medio de m. de Cavois me instó su eminencia a que fuese a verle, y no habiéndole complacido, al día siguiente me sucedió una gran desventura, quiero decir que Constance desapareció. Allá iré, y Cristo con todos.

—Si estáis resuelto, adelante —dijo Athos.

—Bueno, pero ¿y la Bastille? —repuso Aramis.

—¡Bah! Ya me sacaréis de ella —contestó el mozo.


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