Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros En esto dieron las seis en el reloj de la Samaritaine, y los cuatro amigos se despidieron de m. de Tréville, pretextando tener que concurrir a una cita.
Poco después, y al galope, D’Artagnan y sus compañeros llegaron a la route de Chaillot: la tarde tocaba a su fin, y los coches iban y venían; D’Artagnan, protegido a algunos pasos por sus amigos, escudriñaba con los ojos el interior de las carrozas; pero todo en vano, en ninguna de ellas veía un rostro conocido.
Por fin, y tras un cuarto de hora de espera, cuando el crepúsculo ya envolvía tierra y cielo, por la route de Sèvres llegó un coche a galope tendido. D’Artagnan, al ver el coche a lo lejos, sintió algo así como el presentimiento de que en él venía la persona que le diera la cita, y el corazón empezó a latirle con una violencia de la que él mismo se asombró. Casi al punto se asomó a la portezuela una mujer que se llevó dos dedos a la boca para recomendar el silencio o para enviar un beso. D’Artagnan lanzó una pequeña voz de gozo; aquella mujer, o más bien la aparición aquella, pues la carroza pasó con la rapidez de una visión, era mm. Bonacieux.
D’Artagnan, inconscientemente y pese a la recomendación que en el billete se le hacía, sacó su caballo al galope y alcanzó la carroza; pero el cristal estaba herméticamente cerrado: la visión había desaparecido.