Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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D’Artagnan y Athos bajaron, se subieron sobre sus cabalgaduras junto a sus amigos, y los cuatro emprendieron la marcha: Athos montado en el caballo que debía a su mujer, Aramis en el que debía a su amante, Porthos en el que debía a la procuradora, y D’Artagnan en el que le deparara la buena fortuna, que es, ha sido y será siempre la mejor amante.

Los lacayos siguieron a sus señores.

Como supusiera Porthos, la cabalgata produjo excelente efecto; y si mm. Coquenard se hubiese encontrado en el camino de su mosquetero, y pudiese haber visto qué arrogante figura hacía sobre su caballo español, no se habría arrepentido de la sangría que diera al cofre de su marido.

Cerca del Louvre, los cuatro amigos se encontraron con m. de Tréville, que regresaba de Saint-Germain, y les detuvo para darles la enhorabuena por sus equipos, lo cual en un abrir y cerrar de ojos atrajo en torno de ellos algunos centenares de bobalicones.

D’Artagnan aprovechó la ocasión para hablar a m. de Tréville de la carta del sello encarnado y el escudo de armas de Richelieu; pero de la otra, como ya supondrá el lector, no hizo mención alguna.

Tréville aprobó la resolución del mozo, y le prometió que si al día siguiente no había reaparecido, él le hallaría, doquiera que estuviese.


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