Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—De acuerdo; pero démonos prisa, van a dar las cinco. Un cuarto de hora después, Porthos, henchido de gozo y orgullo, apareció al extremo de la rue de Férou, montado en un precioso caballo español entero y seguido de Mousqueton, que montaba un caballo de Auvergne, pequeño, pero de buena estampa.

Al mismo tiempo, Aramis entró en la rue de Férou por el extremo opuesto, subido sobre un magnífico corcel inglés; Bazin le seguía en un caballo ruano y llevando de las riendas un soberbio mecklemburgués, que era la montura de D’Artagnan.

Los dos mosqueteros se reunieron a la puerta, mientras Athos y D’Artagnan les miraban desde la ventana.

—Magnífico caballo montáis, amigo Porthos —dijo Aramis.

—Es el que primeramente debían haberme enviado —contestó el gigante—, una broma de mal género del marido lo había sustituido por el otro; pero con el pecado se ha llevado la penitencia el guasón, y he obtenido toda suerte de satisfacciones.

En esto llegaron Planchet y Grimaud, llevando de las riendas las monturas de sus amos.


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