Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Entonces, ¿no os sirve el que habéis comprado?
—Casi, casi.
—¿Lo habéis elegido vos mismo?
—Y con toda escrupulosidad; ya sabéis que la seguridad del jinete casi siempre depende de su cabalgadura.
—Pues cedédmelo por el precio que os ha costado —dijo D’Artagnan.
—Iba a ofrecéroslo, mi querido amigo —repuso Aramis—, dándoos todo el tiempo que os fuere menester para devolverme tal bagatela.
—¿Cuánto habéis dado por él?
—Ochocientas libras.
—Ahà van cuarenta pistolas dobles —profirió el gascón, sacándolas de su faltriquera—; sé que esta es la moneda con que os pagan vuestros poemas.
—Por lo que se ve, estáis rico —dijo Aramis.
—RiquÃsimo —repuso D’Artagnan, haciendo sonar las pistolas que aún le quedaban en la faltriquera.
—Enviad vuestra silla al cuartel de los mosqueteros, y conducirán aquà vuestro caballo junto con los nuestros.