Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¿Cuántos tenéis? —preguntó D’Artagnan.
—Tres —respondió Aramis, sonriéndose.
—Tened por seguro que sois el poeta mejor montado de Francia y de Navarra —dijo Athos.
—Seguro que no sabréis qué hacer con tres caballos —dijo D’Artagnan a Aramis—; ni comprendo por qué habéis comprado tres.
—No, el tercero lo ha llevado esta mañana a mi casa un lacayo sin librea, el cual no ha querido decirme a quién pertenecÃa; lo único que he podido conseguir de él es que de orden de su amo…
—O de su ama —interrumpió D’Artagnan.
—No importa —repuso Aramis, sonrojándose—. Pues sÃ, lo único que he podido recabar del lacayo es que su ama le habÃa dado la orden de que metiera el caballo en mi caballeriza sin decirme de parte de quién procedÃa.
—Únicamente a los poetas les pasan estas cosas —profirió con gravedad Athos.
—En este caso, obremos mejor —repuso el gascón—; ¿qué caballo montaréis, el que habéis comprado o el que os han regalado?
—Este último —respondió Aramis—; ya comprenderéis que no puedo inferir un agravio…
—Al incógnito donador —repuso D’Artagnan.
—O a la misteriosa donadora —dijo Athos.