Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros D’Artagnan entró bravamente por la puerta principal, pero no sin inquietud subió pausadamente la escalinata por más que se sentÃa enérgicamente apoyado. En efecto, el mozo sospechaba que milady y el cardenal estaban unidos por relaciones polÃticas, su conducta para con aquella mujer tenÃa sus asomos de traición; además, el conde de Wardes, a quien tan malamente aviara, era uno de los leales de su eminencia, y D’Artagnan sabÃa que si el cardenal era terrible con sus enemigos, en cambio tenÃa mucho apego a sus amigos.
Si Wardes ha contado a su eminencia lo que entre él y yo ha pasado, lo que no es dudoso, dijo para sà D’Artagnan, y si me ha conocido, lo que es probable, casi puedo tenerme por hombre al agua. Pero ¿por qué ha aguardado hasta hoy el cardenal? Es muy sencillo, milady me habrá acusado con el hipócrita dolor que la hace tan interesante, y este último crimen habrá hecho rebosar la copa. Por fortuna, mis amigos están abajo, y no dejarán que se me lleven sin defenderme. Sin embargo, la compañÃa de mosqueteros de m. de Tréville no puede hacer por sà sola la guerra a su eminencia, que dispone de todas las fuerzas de Francia, y ante el cual ni la reina tiene poder, ni voluntad el rey. ¡Ay de mÃ! Soy bravo, prudente y no tonto, pero las mujeres van a perderme.
A esta triste conclusión habÃa llegado el mozo cuando entró en la antesala.