Los Tres Mosqueteros

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D’Artagnan entregó la carta al ujier de servicio, que le hizo pasar a una sala de espera y se internó en el palacio.

En la sala de espera había cinco o seis guardias del cardenal, que al conocer al mozo y sabiendo que era él quien hiriera a Jussac, le miraron, sonriéndose de un modo extraño.

Aquella sonrisa le pareció a D’Artagnan de mal agüero, pero como nuestro gascón no se intimidaba fácilmente o, mejor dicho, como gracias al desmesurado orgullo propio de los de su tierra, no dejaba traslucir así como así lo que pasaba en su alma, cuando lo que en su alma pasaba era algo parecido al temor, se plantó con altivez ante los guardias, y apoyó la mano en la cadera, en actitud que tenía algo de majestuosa.

El ujier apareció nuevamente e hizo seña a D’Artagnan de que le siguiese; y así lo hizo el gascón, a quien le pareció que los guardias, al mirarle como se alejaba, cuchicheaban entre sí.

D’Artagnan atravesó un corredor y un gran salón, y luego entró en una biblioteca, donde se encontró en presencia de un hombre que estaba escribiendo sentado a un bufete.

El ujier introdujo al gascón y se retiró sin proferir palabra.


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