Los Tres Mosqueteros

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No obstante, D’Artagnan comprendió, no sin regocijo, que la reina había descubierto al fin la prisión en que la pobre mm. Bonacieux expiaba su fidelidad, y la había librado de su cautiverio; todo lo cual fue para el mozo un rayo de luz que le hizo ver claro el porqué de la carta que de su amada recibiera y el paso de esta, como una aparición, por el camino de Chaillot.

En consecuencia, y como Athos había predicho, era posible descubrir el paradero de la mercera, y un convento no era inexpugnable.

Este raciocinio acabó por abrir nuevamente en él las puertas de la clemencia; así pues, se volvió hacia el herido, que seguía con ansiedad las diversas expresiones del rostro de su vencedor, y tendiéndole el brazo, le dijo:

—Vamos, apóyate en mi brazo y regresemos al campo; no quiero abandonarte de esta suerte.

—Pero no para hacerme prender, ¿no es verdad, mi oficial? —repuso el herido, que apenas acertaba a dar crédito a tanta magnanimidad.

—Te he dado mi palabra, y por segunda vez te concedo la vida —respondió D’Artagnan.

El herido se dejó caer de rodillas y besó de nuevo los pies de su salvador; pero el mozo, que ya no tenía para qué permanecer tan próximo al enemigo, atajó las demostraciones de gratitud del soldado.


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