Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Ya que habéis perdido las huellas de la mujer y esta se halla ahora a salvo en un convento adonde debíais no haber dejado que llegase, procurad por lo menos que no os pase lo mismo con el hombre; de lo contrario, me pagaréis caros los cien luises que os di. Ya sabéis que mi poder alcanza a mucho.

El escrito no ostentaba firma alguna; pero era evidente que procedía de milady. En consecuencia, D’Artagnan guardó la carta para presentarla como prueba en su lugar y tiempo, y, a salvo tras el recodo de la trinchera, empezó a interrogar al herido. Este confesó que él y su compañero, que no era otro que el que acababa de perecer, se habían encargado de raptar a una mujer joven que debía salir de París por la puerta de La Villette, pero que habiéndose detenido a beber en una taberna, cuando llegaron al sitio designado, el coche hacía diez minutos que había pasado.

—Pero ¿qué os proponíais hacer con aquella mujer? —preguntó D’Artagnan con angustia.

—Debíamos llevarla a un palacio de la place Royale —respondió el herido.

—Esto es, a casa de milady —murmuró D’Artagnan. Quien comprendió entonces, con espanto, la terrible sed de venganza que impelía a aquella mujer a perderlo, a él y a los que le querían, y cómo sabía cuanto pasaba en la corte, tenía conocimiento de todo, indudablemente con ayuda del cardenal.


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