Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros El mozo podía elegir dos caminos para conseguir su objetivo: registrar al asesino allí mismo, o llevárselo, protegiéndose con su cuerpo, y registrarlo en la trinchera.
D’Artagnan prefirió lo segundo y cargó a cuestas con el bandido en el instante en que el enemigo hacía fuego.
Una ligera sacudida, el ruido sordo de tres balas que horadaban las carnes, un postrer grito y el estremecimiento de la agonía probaron al gascón que aquel que intentara asesinarlo acababa de salvarle la vida.
D’Artagnan volvió a la trinchera, arrojó el cadáver junto al herido, que en su color no se diferenciaba del muerto, y empezó enseguida el inventario, que dio el siguiente resultado: una cartera de piel, una bolsa con dinero que, indudablemente, procedía de la cantidad que el bandido recibiera de milady, un cubilete y algunos dados.
El gascón dejó el cubilete y los dados donde habían caído, arrojó la bolsa al herido y abrió con avidez la cartera, en la que, entre papeles sin importancia, halló la siguiente carta, que no era otra que la que él había ido a buscar arriesgando la vida: