Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Pues bien, en cuanto se haya rendido La Rochelle, nos vamos al convento ese y la raptamos.
—Ante todo, es menester que sepamos en qué convento está.
—DecÃs bien —repuso Porthos.
—¡Esperad! Ahora caigo en una cosa —profirió Athos—, ¿no decÃs vos, mi querido D’Artagnan, que el convento en que se halla mm. Bonacieux lo ha elegido la reina misma?
—Por lo menos lo creo asÃ.
—Pues Porthos va a ayudarnos en este particular.
—¿Cómo, si os place?
—Por intermediación de vuestra marquesa, vuestra duquesa, de vuestra princesa, que debe de ser persona de grandÃsimo influjo.
—¡Silencio! —dijo Porthos, llevándose un dedo la boca—, tengo entendido que es cardenalista, conviene que nada sepa.
—Entonces yo me encargo de adquirir las noticias referentes al caso —profirió Aramis.
—¡Vos! —exclamaron los tres amigos—, ¿y cómo?
—Por conducto del limosnero de la reina, con quien me une una gran amistad —respondió Aramis, sonrojándose.