Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Bien, sÃ; por otra parte, somos hombres, y al fin y al cabo es de nuestra profesión arriesgar la vida; ¡pero ella! —añadió D’Artagnan a media voz.
—¿Quién es ella? —preguntó Athos.
—Constance.
—¡Mm. Bonacieux! ¡Ah! Es verdad —repuso Athos—, ¡pobre amigo mÃo! Se me olvidaba que estáis enamorado.
—Pero ¿no habéis visto por la carta que el ruin difunto llevaba en la faltriquera —dijo Aramis— que mm. Bonacieux está en un convento? En un convento se vive muy bien, y yo os prometo que por mi parte y en cuanto haya acabado el sitio de La Rochelle…
—Bueno, mi querido Aramis, bueno —dijo Athos—, nos consta que vuestros gustos os inclinan a la Iglesia.
—No soy mosquetero más que temporalmente —repuso Aramis con humildad.
—¡Bah! ApostarÃa que hace mucho tiempo que no ha recibido noticias de su amante —dijo en voz baja Athos a D’Artagnan—; pero no os fijéis en ello, ya nos son conocidas esas volubilidades.
—A mà me parece que existe un remedio sencillÃsimo —profirió Porthos.
—¿Cuál? —preguntó D’Artagnan.
—¿No decÃs que está en un convento?
—SÃ.