Los Tres Mosqueteros

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—Sin embargo, habría afirmado yo que la otra estaba muerta, pues la ahorqué cuidadosamente.

—Pero en definitiva, ¿qué hacer? —dijo D’Artagnan, moviendo a su vez la cabeza.

—La verdad —respondió Athos— es que uno no puede continuar de esta suerte, con una espada suspendida eternamente sobre la cabeza, y que es absolutamente necesario acabar con esta situación.

—Pero ¿cómo?

—Escuchad —dijo Athos—, haced por verla y decidle: la paz o la guerra; os doy palabra de no decir ni hacer nunca nada contra vos, con tal que vos me juréis solemnemente permanecer neutral respecto de mí: de lo contrario, me aboco con el canciller, solicito una entrevista del rey, voy al encuentro del verdugo, amotino contra vos la corte, os delato por herrada, os hago encausar, y si os absuelven, por quien soy que os mato al doblar una esquina, como lo haría con un can rabioso.

—No me disgusta el proyecto —dijo D’Artagnan—; pero ¿cómo verla?

—El tiempo procurará la ocasión, que es la martingala del hombre: cuanto más ha arriesgado uno, mayor es la ganancia si tiene la virtud de esperar.

—Pero ¡esperar rodeado de asesinos y envenenadores…!

—¡Bah! —repuso Athos—, hasta ahora Dios nos ha preservado, y nos preservará en lo sucesivo.


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