Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Planchet —dijo D’Artagnan—, os recomiendo el cadáver de ese pobre diablo. Que lo inhumen en tierra sagrada, pues por más que en vida cometiera un crimen, se habÃa arrepentido de él.
Los cuatro amigos salieron del comedor, dejando a Planchet y a Fourreau el cuidado de pagar el último tributo a Brisemont.
El dueño de la cantina dio otro cuarto a D’Artagnan y a los tres mosqueteros y les sirvió huevos pasados por agua, mientras Athos iba personalmente a por ella a la fuente.
Pocas palabras bastaron al mozo para poner a Porthos y Aramis al corriente de la situación.
—Como podéis ver, mi querido amigo —dijo D’Artagnan a Athos—, es una guerra a muerte.
—Bien lo veo —repuso Athos, moviendo la cabeza—; pero ¿vos creéis que sea ella?
—Lo jurarÃa.
—Pues yo dudo aún.
—¿Y la flor de lis que lleva en el hombro?
—Es una inglesa que habrá cometido alguna fechorÃa en Francia, y la habrán herrado a consecuencia de su crimen.
—Os digo que es vuestra mujer, Athos —repitió D’Artagnan—; ¿no recordáis ya cuán idénticas son las dos filiaciones?