Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—¡Ah, señor! —balbuceó Planchet, más muerto que vivo—, de buena me he librado.

—¡Cómo, tunante! —exclamó D’Artagnan—. ¿Conque ibas a beberte mi vino?

—A la salud del rey, mi amo; iba a beberme un vasito, solo un vasito, cuando Fourreau me ha dicho que vos me llamabais.

—¡Ah! —profirió Fourreau, castañeteando de terror—, yo quería alejarle para beber sin testigos.

—Señores —dijo D’Artagnan a los guardias—, ya veis que después de lo que acaba de pasar, la comida sería por demás triste; así pues, hacedme la merced de darme por cumplido y aplazar la fiesta para otro día.

Los dos guardias dieron cortésmente por buenas las excusas de D’Artagnan y, comprendiendo que los cuatro amigos deseaban quedar solos, se retiraron.

Ya sin testigos, el gascón y los tres mosqueteros miraronse uno a otro con ademán que quería decir que cada uno de ellos comprendía la gravedad de la situación.

—Ante todo, salgamos de aquí —exclamó Athos—; el cuerpo de una persona víctima de muerte violenta es mala compañía.


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