Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Quiero decir —continuó el cardenal con voz de indiferencia— que por el pronto no se tratarÃa, por ejemplo, más que de encontrar una mujer hermosa, joven y sagaz, que por su parte también tuviese que vengarse del duque. Y una mujer asà puede uno encontrarla, pues el duque es galanteador, y asà como ha sembrado muchos amores con sus promesas de constancia eterna, ha debido asimismo de sembrar muchos rencores con sus eternas infidelidades.
—Es indudable que una mujer tal puede uno encontrarla —dijo milady con frialdad.
—Pues bien —repuso Richelieu—, una mujer de esas condiciones, que pusiese en manos de un fanático el puñal de Jacques Clément o de Ravaillac, salvarÃa a Francia.
—SÃ, pero serÃa cómplice de un asesinato.
—¿Se ha sabido alguna vez quiénes fueron los cómplices de Ravaillac o de Jacques Clément?
—No, porque tal vez estaban encumbrados en demasÃa para que persona alguna se atreviese a ir a buscarlos donde se hallaban: no para todo el mundo incendiarÃan el palacio de justicia, monseñor.
—¡Ah! ¿Conque creéis, pues, que el incendio del Palace de Justice no fue casual? —preguntó Richelieu como quien hace la interrogación más sencilla.