Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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XLVI

EL BASTIÓN DE SAINT-GERVAIS

Al llegar al alojamiento de sus tres amigos, D’Artagnan los encontró congregados en una misma pieza. Athos estaba pensativo, Porthos se retorcía el bigote, y Aramis rezaba sus oraciones en un precioso Libro de horas con tapas de terciopelo azul.

—Pardiez, señores —dijo el mozo—, espero que lo que tengáis que comunicarme valga la pena, de lo contrario, no os perdono el que me hayáis hecho venir, en lugar de dejarme descansar después de haber pasado una noche en la toma y el desmantelamiento de un bastión. Allí debíais haber estado, señores; por mi fe que no sentíamos el frío.

—Estábamos en otra parte donde tampoco lo hacía —respondió Porthos, haciendo tomar a su bigote una curva particular.

—¡Chitón! —dijo Athos.

—¡Oh! ¡Oh! Por lo que se ve ocurren novedades —profirió D’Artagnan, que notó y comprendió el suave fruncimiento de cejas del mosquetero.

—Aramis —preguntó Athos—, ¿no almorzasteis anteayer en el mesón del Parpaillot?

—Sí.

—¿Y qué tal sirven en él?

—Comí muy malamente; anteayer era día de vigilia, y no me sirvieron más que carne.


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