Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros La conjetura no tenÃa nada de alegre, muy al contrario. Se comprende que el mozo, seguro de ser matado por Athos, no se preocupase mucho con Porthos. Con todo eso, como la esperanza es lo último que se extingue en el corazón del hombre, D’Artagnan llegó a darse a entender que podrÃa sobrevivir, eso sÃ, con heridas terribles, a aquellos dos duelos, y, para el caso de supervivencia, se hizo a sà mismo las amonestaciones siguientes:
—¡Qué destornillada cabeza la mÃa! ¡Y cuán torpe soy! Ese pobre y valiente Athos está herido en el hombro, y precisamente voy, nuevo ariete, a darle una topetada en la herida. Lo que me pasma es que no me haya dejado en el sitio; y a fe que le sobraba la razón para hacerlo, pues he debido de causarle un dolor excesivo. En cuanto a Porthos, ya es más chusco.
Y a pesar suyo el mozo se echó a reÃr, mientras miraba a todas partes para cerciorarse de que su solitaria risa, e inmotivada para los que pudiesen haberle visto, no habÃa molestado a transeúnte alguno.