Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Pero ni en la calle que acababa de recorrer, ni en la que ahora abarcaba con la mirada, vio D’Artagnan alma viviente. Por muy despacio que hubiese andado el misterioso personaje, habÃa avanzado camino, o quizá se habÃa metido en alguna casa. D’Artagnan preguntó por su perseguido a cuantos encontró al paso, descendió hasta la barca, recorrió la rue de Seine y de la Croix-Rouge; pero nada, absolutamente nada. Sin embargo, aquella carrera le fue provechosa, pues a compás que iba entrando en sudor su cuerpo, el corazón se le iba entibiando.
El mozo se echó entonces a reflexionar sobre los recién pasados acontecimientos, que si no eran pocos, en cambio eran nefastos. Aun no señalaban los relojes las once de la mañana, y ya se habÃa agenciado D’Artagnan el disfavor de Tréville, que no podÃa menos de hallar un tantico irrespetuosa la manera como él le dejara. Esto sin contar que se le habÃan echado encima dos duelos con dos hombres capaces, cada uno por sÃ, de acabar con tres D’Artagnanes, en una palabra, con dos mosqueteros, o si decimos con dos de aquellos individuos a quienes profesaba un afecto tan entrañable que, según él, no habÃa hombre que pudiese parangonárseles.