Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—No —respondió D’Artagnan, picado—, y gracias a ellos veo lo que no ven los demás.

Si Porthos comprendió o no comprendió la indirecta, lo que sí es cierto es que el gigante, dando rienda a su cólera, dijo con voz destemplada:

—Os advierto que si continuáis rozándoos de esta suerte con los mosqueteros, os vais a ganar una felpa.

—¡Una felpa! —exclamó D’Artagnan—, duro es el vocablo.

—Es el que debe emplear un hombre acostumbrado a mirar cara a cara a sus enemigos.

—¡Pardiez! Ya sé que los mosqueteros no muestran la espalda a los suyos.

Y el mozo, satisfecho de su travesura, se alejó riéndose a carcajadas.

Porthos, lanzando espumarajos de rabia, hizo finta de arrojarse tras el joven.

—Más tarde, más tarde, cuando hayáis dejado la capa —gritó D’Artagnan.

—A la una, pues, detrás del Luxembourg.

—Está bien, a la una —respondió el mozo, doblando la esquina de la calle.


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