Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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D’Artagnan, al oír que el mosquetero vomitaba cada voto como el puño, intentó salir de aquella ondulante prisión que lo cegaba, y buscó camino en las sinuosidades de la capa. Lo que más temía el mozo era haber menoscabado la frescura del magnífico tahalí del que ya hemos hablado más arriba; pero al abrir con timidez los ojos, se encontró con las narices pegadas entre los omoplatos de Porthos, es decir, precisamente sobre el tahalí.

¡Ay!, como casi todo lo de este mundo, aquel tahalí no era más que apariencia: por delante estaba bordado de oro, es verdad, pero por detrás era de cuero de búfalo, mondo y pelado; y es que Porthos, prototipo de la presunción, no pudiendo poseer por entero un tahalí de oro, poseía por lo menos la mitad: de ahí la necesidad del catarro y la urgencia de la capa.

—¡Por Dios Santo! —exclamó Porthos, haciendo indecibles esfuerzos para deshacerse de D’Artagnan, que estaba bregando a sus espaldas—. ¿Qué modo es ese de arrojarse sobre la gente? Por ventura, ¿estáis frenético?

—Perdone su merced —repuso D’Artagnan, reapareciendo por debajo del brazo del gigante—, pero me apremia el dar alcance a cierto individuo, y…

—¿Acaso os olvidáis los ojos cuando corréis? —preguntó Porthos.


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