Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Ved de no hacerme aguardar, o seré yo quien a las doce y quince minutos os corte las orejas a la carrera.
—¡Está bien! —le gritó D’Artagnan—; me hallaré en el lugar de la cita a las doce menos diez.
El mozo echó a correr como alma que lleva el diablo, con la esperanza de dar aún con el desconocido, que no debÃa de andar muy lejos, teniendo en cuenta su caminar calmoso.
Pero a la puerta de la calle, Porthos estaba conversando con un soldado de la guardia, y entre los dos interlocutores no quedaba más espacio que el estrictamente necesario para dar paso a un hombre. D’Artagnan creyó que aquel espacio le bastarÃa, y se disparó para pasar como una flecha entre los dos; pero D’Artagnan no habÃa contado con el viento, que en el preciso instante en que él iba a pasar, se engolfó en la amplia y larga capa de Porthos, en la que nuestro mozo quedó prendido. Sin duda, a Porthos le asistÃan más de media docena de razones para no desprenderse de aquella parte esencial de su vestimenta, pues en lugar de soltar el pliegue que empuñado tenÃa, tiró de él, con tal fuerza, que D’Artagnan se enrolló en el terciopelo, impulsado por un movimiento de rotación que delataba la resistencia del obstinado Porthos.