Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Por mi fe —replicó D’Artagnan, que conoció a Athos, el cual regresaba a su habitación después de haberle curado el doctor—, por mi fe que no lo he hecho adrede, y por eso os he pedido que me perdonarais, con lo que podéis daros por satisfecho. Con todo, os repito, y tal vez sea ya un exceso de satisfacción, que tengo prisa, mucha prisa. Hacedme pues la merced de soltarme y dejar que me vaya adonde me llaman mis asuntos.

—Para cortés os faltan más de cien, caballero —dijo Athos, soltándolo—; se conoce que venís de lejos.

D’Artagnan, que ya había descendido tres o cuatro escalones, al oír las palabras del mosquetero se detuvo prontamente, y dijo:

—¡Será posible! Por más que viniese del otro confín del mundo, no seréis vos quien me dé a mí lecciones de cortesía.

—Puede que sí —repuso Athos.

—¡Ah! —exclamó D’Artagnan—, si no me apresurase tanto dar alcance a quien yo me sé…

—Sabed, señor apresurado, que sin correr me encontraréis.

—¿Dónde, si os place?

—Junto a los Carmes-Deschaux.

—¿A qué hora?

—A mediodía.

—De acuerdo, allí estaré.


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