Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Porthos inclinó la cabeza en señal de adhesión. Únicamente D’Artagnan parecía no haberse dado a partido; y, sin duda, Grimaud pensaba como el mozo, en este punto, porque al ver que seguían caminando hacia el bastión, de lo que hasta entonces dudara, tiró a su amo por el faldón de su casaca y le preguntó, con el ademán, que adónde iban.
Athos extendió el brazo y señaló el bastión.
—Pero ¿no veis que vamos a dejar el pellejo en él? —arguyó el lacayo en el mismo mudo lenguaje.
Athos levantó los ojos y el dedo hacia el cielo.
Grimaud dejó en el suelo la cesta y se sentó, moviendo la cabeza a una y otra parte.
Athos sacó de su cintura una pistola, miró si estaba bien cebada, la amartilló y acercó el cañón al oído del lacayo.
Este obedeció inmediatamente, ganándose con aquella corta pantomima el pasar de retaguardia a vanguardia.
Ya en el bastión, los cuatro amigos volvieron el rostro hacia el campamento y vieron más de trescientos soldados de todas armas a la puerta de aquel, y en un grupo separado a m. de Busigny junto con el dragón, el suizo y el cuarto apostador.
Athos se quitó el sombrero, lo puso en la punta de su espada y lo agitó en el aire.