Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Los rochelanos continuaron el fuego, pero solamente para descargo de su conciencia, pues los cuatro amigos se hallaban ya a cubierto de sus proyectiles.
—A fe mÃa que ya era hora de que a Porthos se le ocurriese tan luminosa idea —dijo Athos—; ya hemos llegado al campamento. Asà pues, señores, ni una palabra más sobre este asunto. Nos están observando y vienen a nuestro encuentro; van a llevarnos en triunfo.
En efecto, como hemos dicho, todo el campamento estaba en conmoción; como a un espectáculo, más de dos mil personas habÃan asistido a la afortunada farfantonerÃa de los cuatro amigos, de la cual estaban todos muy distantes de sospechar la verdadera causa. No se oÃan más que gritos de «¡Viva los guardias! ¡Viva los mosqueteros!».
El primero que se acercó a Athos para estrecharle la mano y declararse perdidoso de la apuesta fue m. de Busigny; tras de Busigny, llegaron el dragón y el suizo, y tras el suizo y el dragón, los demás. Todo eran felicitaciones, apretones de manos, abrazos, risas de burla a los rochelanos; en una palabra, era tal el bullicio, que Richelieu, en la creencia de que se habÃa promovido un motÃn, envió a La Houdinière, su capitán de guardias, para que se informase de lo que ocurrÃa.
—¿Qué pasa? —preguntó el cardenal al presentársele de nuevo La Houdinière, a quien, y con todas las flores del entusiasmo, le contaran lo sucedido.