Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Es lo que tiene poseer diamantes, maestro —dijo Athos con desdén.
—¡Bendito sea! —exclamó Porthos—, es verdad que poseemos un diamante; ¿por qué diablos nos quejamos, pues, de falta de dinero?
—Claro, es cierto —dijo Aramis.
—Te doy la enhorabuena, Porthos —repuso Athos—, ahora sà que se te ha ocurrido una verdadera idea.
—Indudablemente —profirió el gigante, poniéndose soplado al elogio de su amigo—. ¿No poseemos un diamante? Pues vendámoslo.
—Pero este diamante es el de la reina —dijo D’Artagnan.
—Con tanta mayor razón —repuso Athos—; nada más justo que la reina salve a su amante, ni más moral que nos salve a nosotros, sus amigos: vendamos el diamante. ¿Qué dice a eso m. el cura? No pido el parecer de Porthos porque ya lo ha manifestado.
—Digo —contestó Aramis, ruborizándose— que como el anillo no viene de su amante y no siendo, por consiguiente, una prenda de amor, D’Artagnan puede venderlo.
—Habláis como la teologÃa personificada, amigo mÃo. Entonces ¿sois del parecer…?
—Que el anillo sea vendido —respondió Aramis.
—Muy bien —dijo D’Artagnan riéndose—, vendamos el diamante y no se hable más de ello.