Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Los franceses, por su parte, al ver venir al paso a los cuatro amigos, proferían gritos de entusiasmo.

Por último, retumbó una nueva descarga, y ahora las balas vinieron a aplastarse en los guijarros y en torno de los cuatro amigos y a silbar lúgubremente en los oídos de estos. Los rochelanos acababan de apoderarse del bastión.

—Pues no es poco torpe esa gente —dijo Athos—. ¿Cuántos hemos matado? ¿Doce?

—O quince.

—¿Y aplastado?

—Ocho o diez.

—¡Y nosotros ni un rasguño! ¡Ah, sí! ¿Qué tenéis en la mano, D’Artagnan? Me parece que os está sangrando.

—No es nada —respondió el mozo.

—¿Una bala perdida?

—Ni eso.

—¿Qué, pues?

Ya hemos dicho que Athos quería a D’Artagnan como a un hijo, y que, no obstante su carácter sombrío e inflexible, a las veces demostraba a aquel la solicitud de un padre.

—Un desollón —respondió D’Artagnan—; me he cogido los dedos entre dos piedras, la de la muralla y la del anillo, entonces la piel se ha abierto.


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